Los cómplices

Al principio, cuando fui niño, recuerdo la ansiedad que me causaba pensar en algunos amigos (y adultos) varones al nadar en algunos de los ríos de mi pueblo, treparnos en árboles, correr por potreros de árboles de pimienta y guayabales o verles en los baños, cuando hubo oportunidad de hacer giras deportivas.

Siempre me gustaron los ángulos del cuerpo masculino: ojos, manos, hombros, narices, labios, genitales... contradiciendo toda razón ilustrada, que concedía exclusivamente el sentido de lo bello, la gracia, la delicadeza y la discreción a lo femenino, que al mismo tiempo promovía arrebatar tales virtudes lo antes posible por la audaz voluntad de los varones.  Ignorancia de hombres y entre hombres.

Javier y M son más que mis amigos, son mis cómplices sexuales.  Ellos son el fuego agitando mis vientos, capaces de crear un espacio donde el contacto entre pieles es lo importante, donde se puede ser tierno y rudo, y buscar los labios del otro como colibrí frente a una flor.

Este par me recuerda que sin importar el tiempo, la ansiedad sigue allí.  Mis ojos son fuga en sus ángulos y que puedo extraviarme por un momento sus ojos y labios... 


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